No eran más de las siete de la mañana cuando llegábamos a Brujas. Una noche entera sin dormir, lluvia, fina, pero lluvia sin parar, y el típico frío de la Europa del Norte, quizás no iba a ser tan perfecto como habíamos planeado. Sin embargo, todo aquel que ha estado en Brujas entenderá que nada puede acabar con el encanto de esta pequeña ciudad.
Andar por las calles de Brujas era como volver a vivir alguno de aquellos cuentos de los hermanos Grimm. Todo tan perfecto, tan meticuloso, tan bien puesto, tan colorido. Increíble. Nunca pensé que pudiera a ver tanta magia en lugar tan pequeño.
Puede ser que, incluso, cambiara, algunos meses de mi vida, París por Brujas. ¡Espero que os guste!
¡Nos vemos en el próximo post!
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